Un resumen
[Cuento. Texto completo]
Virginia Woolf
Como sea que dentro de la casa hacía calor y las estancias estaban atestadas, como sea que en una noche como aquélla no había riesgo de humedad, como sea que los farolillos chinos parecían pender como frutos rojos y verdes, en el fondo de un bosque encantado, el señor Bertram Pritchard llevó a la señora Latham al jardín.
El aire libre y la sensación de hallarse fuera de la casa dejaron un tanto desorientada a Sasha Latham, la alta y hermosa señora de aspecto algo indolente, la majestad de cuya apariencia era tan grande que poca gente llegó a advertir que se sentía totalmente incapaz y torpona, cuando tenía que decir algo, en una reunión. Pero así era; y Sasha Latham se alegraba de hallarse en compañía de Bertram, de quien cabía esperar, sin la menor duda, que hablara sin cesar, incluso al aire libre. Si se escribiera lo que Bertram decía, resultaría increíble, ya que, no sólo todo lo que decía resultaba, en sí mismo, carente de sentido, sino que además no había relación alguna entre sus diferentes observaciones. En verdad, si una hubiera cogido un lápiz y hubiera escrito textualmente sus palabras -y lo que decía en el curso de una noche hubiera bastado para formar un libro-, nadie osaría dudar, al leerlo, de que el pobre hombre era un deficiente mental. Y no era éste el caso, ni mucho menos, por cuanto el señor Pritchard gozaba de prestigio en su calidad de funcionario público y era Compañero de la Orden del Baño. Pero resultaba todavía más raro que gozara de casi universales simpatías. Había en su voz un matiz, cierto enfático acento, un esplendor en la incongruencia de sus ideas, como una emanación surgida de su cara regordeta y morena, de su figura de petirrojo, algo inmaterial e inaprehensible, que existía y florecía y se hacía notar por sí mismo, con independencia de sus palabras, e incluso, a menudo, en oposición a ellas. Por esto Sasha Latham se dedicaba a pensar -mientras el señor Pritchard parloteaba acerca de su visita a Devonshire, acerca de posadas y posaderas, acerca de Eddie y Freddie, acerca de vacas y viajes nocturnos, de nata y estrellas, acerca de los ferrocarriles europeos y de Bradshaw, de pescar bacalaos, resfriados, la gripe, reumatismo y Keats-, Sasha pensaba en él, en abstracto, considerándolo persona cuya existencia era buena, creándolo, mientras él hablaba, a guisa de ser diferente de su habla, y éste era ciertamente el auténtico Bertram Pritchard, aunque nadie pudiera demostrarlo. Cómo podía una demostrar que Bertram Pritchard era un leal amigo, dotado de gran comprensión y... pero en este momento, como tan a menudo le ocurría cuando hablaba con Bertram Pritchard, Sasha se olvidó de su existencia, y comenzó a pensar en otro asunto.
Sasha pensaba en la noche, después de haber conseguido concentrarse un poco, y con la vista en el cielo. De repente olió a campo, la sombría quietud de los campos bajo las estrellas, pero aquí, en el jardín trasero de la señora Dalloway, en Westminster, la belleza la emocionaba, debido a que Sasha Latham había nacido y se había criado en el campo, probablemente por contraste. Allí el aire olía a heno, y había, a sus espaldas, estancias repletas de gente. Paseó al lado de Bertram. Sasha caminaba de manera algo parecida al paso de los ciervos, con una leve flojera en los tobillos, abanicándose, mayestática, silenciosa, atentos todos sus sentidos, aguzado el oído, olisqueando el aire, como si fuera un ser salvaje, aunque con perfecto dominio de sí mismo, gozando de la noche.
Esto, pensó, es la mayor maravilla, el supremo logro de la raza humana. Por una parte, hay mimbrales y rudimentarias barquichuelas navegando por pantanosas aguas, y por otra está esto. Y pensó en la casa seca, de gruesos muros, bien construida, con valiosos objetos en su interior, con el murmullo de hombres y mujeres que se acercaban los unos a los otros, que se alejaban los unos de los otros, que intercambiaban opiniones, y que se estimulaban recíprocamente. Y Clarissa Dalloway había hecho lo preciso para que aquello surgiera en los eriales de la noche, y había puesto planas piedras formando un sendero sobre la tierra, y, cuando llegaron al final del jardín (en realidad era muy pequeño), y ella y Bertram se sentaron en sendas tumbonas, Sasha miró la casa con veneración, con entusiasmo, como si la hubiera atravesado un eje de oro en el que se formaron lágrimas que cayeron en profunda acción de gracias. Sasha, a pesar de ser tímida, y casi incapaz de decir algo, cuando de repente le presentaban a alguien, pese a ser fundamentalmente humilde, sentía una profunda admiración hacia todos los demás. Ser ellos sería maravilloso, pero estaba condenada a ser ella misma, y lo único que podía hacer, a su manera silenciosamente entusiasta, sentada allí, en el jardín, era aplaudir el trato social de la humanidad, del que ella estaba excluida. Retazos de poesías en loa de la gente acudían a sus labios; la gente era adorable, buena, y sobre todo valiente, y triunfaba sobre la noche y los fangales, eran todos supervivientes, eran la compañía de aventureros que, asediados de peligros, se hace a la mar.
Por maligno capricho del destino, ella no podía participar, pero sí podía estar sentada y loar, mientras Bertram parloteaba, por ser uno de los viajeros, quizá mozo de camarote o marino simplemente, un ser que se subía a los mástiles, silbando alegremente. Mientras pensaba esto, la rama de un árbol ante ella quedó empapada y rezumante de su admiración por la gente dentro de la casa; y goteó oro; o se puso erecta, en centinela. Formaba parte de la valiente y arremolinada compañía, como un mástil en el que ondeaba una bandera. Había una barrica junto a un muro, y también a la barrica infundió Sasha alma.
De repente, Bertram, que era hombre físicamente inquieto, quiso explorar los contornos, y, poniéndose de un salto sobre un montón de ladrillos, miró por encima del muro del jardín. Sasha también miró. Vio un balde o quizás una bota. En un segundo la ilusión se esfumó. Una vez más, allí estaba Londres, el vasto e inatento mundo impersonal, autobuses, negocios, luces ante los bares y policías bostezando.
Habiendo satisfecho su curiosidad, y después de haber vuelto a llenar, gracias a un momento de silencio, sus burbujeantes depósitos de palabras, Bertram invitó al señor y a la señora Nosecuántos, a sentarse con ellos, arrastrando al efecto dos tumbonas más. Volvieron a sentarse, mirando la misma casa, el mismo árbol, la misma barrica, aun cuando, después de haber mirado por encima del muro y de haber vislumbrado el balde, o, mejor dicho, Londres viviendo indiferente, Sasha ya no podía cubrir el mundo con aquella vaporosa nube de oro. Bertram hablaba y los nosequé -aunque le fuera la vida, Sasha no podía recordar si se llamaban Wallace o Freeman- contestaban, y todas sus palabras cruzaban una sutil neblina de oro e iban a parar a la prosaica luz del día. Sasha miró la seca y gruesa casa Reina Ana, hizo cuanto pudo para recordar lo que había leído en la escuela acerca de la Isla de Thorney y de los hombres en piragua, y de las ostras, y de los patos salvajes y de las nieblas, pero la casa no le pareció más que un lógico asunto de desagües y carpinteros, y la fiesta nada, sino gente vestida de gala.
Entonces Sasha se preguntó cuál de las dos visiones era la verdadera. Podía ver el balde, y podía ver la casa, mitad iluminada, mitad a oscuras.
Formuló la pregunta a aquel nosequé a quien Sasha había construido, a su humilde manera, utilizando al efecto la sabiduría y el poderío de cuantos no eran ella. A menudo, recibía las contestaciones de manera puramente accidental, casos hubo en que su viejo perro spaniel contestó por el medio de menear la cola.
Ahora el árbol, despojado de sus oros y de su majestad, pareció darle una respuesta; se convirtió en un árbol de campo, el único en un páramo. Sasha lo había visto a menudo, había visto nubes matizadas de rojo, por entre sus ramas, o la luna quebrada, lanzando irregulares destellos plateados. Pero, ¿la respuesta? Pues bien, que el alma -por cuanto Sasha notaba que en ella se movía un ser que iba de un lado para otro y que intentaba escapar, ser al que, con carácter provisional, denominaba alma- es por esencia desaparejada, un pájaro viudo, un pájaro solitario posado en aquel árbol.
Pero entonces Bertram, cogiendo del brazo a Sasha, con la familiaridad habitual en él, ya que no en vano eran amigos de toda la vida, observó que no estaban cumpliendo con sus deberes, y que debían entrar en la casa.
En aquel instante, en alguna calleja o bar, sonó la habitual voz terrible, asexuada e inarticulada; un chillido, un grito. Y el pájaro viudo, sobresaltado, emprendió el vuelo, describiendo círculos más y más anchos, hasta que se transformó (lo que ella llamaba su alma) en algo tan remoto como un grajo contra el que se ha lanzado una piedra y emprende asustado el vuelo.
Virginia Woolf
nadas
6.12.07
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3.12.07
Lunes o martes
[Cuento. Texto completo]
Virginia Woolf
Perezosa e indiferente, sacudiendo con facilidad el espacio de sus alas, conocedora de su camino, pasa la garza sobre la iglesia, bajo el cielo. Blanco e indiferente, ensimismado, el cielo cubre y descubre sin cesar, se va y se queda. ¿Un lago? ¡Quítale las orillas! ¿Una montaña? Sí, perfecto, con el oro del sol en las laderas. Cae desde lo alto. Helechos o plumas blancas, siempre, siempre...
Deseando la verdad, esperándola, destilando laboriosamente unas pocas palabras, deseando siempre (se inicia un grito a la izquierda, otro a la derecha; ruedas golpean divergentes; omnibuses se conglomeran en conflicto), deseando siempre (el reloj asevera con doce claras campanadas que es mediodía; la luz vierte escamas de oro; niños se arremolinan), deseando siempre verdad. Roja es la cúpula; de los árboles cuelgan monedas; el humo sale lento de las chimeneas; ladrido, alarido, grito. «Compro metal»... ¿Y la verdad?
Como rayos orientados hacia un punto, pies de hombres, pies de mujeres, negros o con incrustaciones doradas (Esa niebla... ¿Azúcar? No, gracias... La commonwealth del futuro), la luz del fuego salta y deja roja la estancia, salvo las negras figuras y sus ojos brillantes, mientras descargan una camioneta fuera, la señorita Thingummy sorbe té en su mesa escritorio, y las vitrinas protegen abrigos de pieles.
Cacareada, leve cual hoja, rizada en los bordes, pasada por las ruedas, plateada, en casa o fuera de casa, reunida, esparcida, derrochada en diferentes platillos de la balanza, barrida, sumergida, desgarrada, hundida, ensamblada... ¿Y la verdad?
Recordar ahora junto al fuego del hogar la blanca plaza de mármol. De las profundidades de marfil se alzan palabras que vierten su negrura, florecen y penetran. El libro caído; en la llama, en el humo, en las perecederas chispas; o ya viajando, la bandera en la plaza de mármol, minaretes debajo y mares de la India, mientras los espacios azules corren y las estrellas brillan... ¿la verdad?, o bien, ¿satisfacción con su proximidad?
Perezosa e indiferente la garza regresa; el cielo cubre con un velo sus estrellas; las borra luego.
Virginia Woolf.
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21.11.07
El Nombre
Grito tu nombre de mil formas distintas
Se apoderó de mí una obsesión
Es mi demonio urgente que reaparece
Grito tu nombre entre la multitud
Y parece estar sorda
Mi voz rebota en el cemento frío
Grito tu nombre
Los ojos no miran a los ojos
En el mar de gente me ahogo
Entonces grito tu nombre en el campo
Es mi demonio desesperado insistiendo
No tiene calma, y allí, nada
Se diluye, se pierde en la inmensidad
Grito tu nombre, grito tu nombre
Ya no hay gente ni campos
Estás en todas partes y no estás
Estás en todas partes y no estás
Tus oídos siguen cerrados
Solo quedo yo y mi voz
Es mi ángel solitario
Que grita tu nombre de mil formas distintas
Estás en todas partes y no estás.
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18.11.07
Pesadilla
En cada temporada de huracanes la pesadilla reaparece.
Tu amor es de arenas movedizas.
Lejos de pantanales nací
Ni de tierras ni de cielos es mi espacio
En el éter suspendida, tras el horizonte
Ajena de nubes,
Lívida a la espera de una oxigenada grieta.
Tu amor es de arenas movedizas que huelen a sangre.
Competencia de venenos, quizás allí.
Sus armas son el conflicto inasible
No existe resolución en sí misma en ésta área
Solo el poder decidir alejarse, alejarse lo más lejos posible
Y retornar siquiera a una realidad tangible.
Tu amor es de arenas movedizas que huelen a sangre coagulada.
El asqueroso y nuevo Circo Romano
Carencias, miserias, por doquier se cristalizan.
Tu amor es de arenas movedizas que huelen a sangre coagulada putrefacta.
Allí, en ese rojizo fangal nada es lo que parece, ni tampoco aparece lo que es. Las apariencias están veladas.
Tendrás que develarte en soledad.
Cultivo de violencias
Sangre en las pantallas del nuevo Circo Romano
(con esa intención camuflada que huele a viejo)
Cuchillos hacen su trayecto en giros
Hasta incrustarse en el cristal trizado
Ahogo inevitable ante el hedor
El click salvador, el nuevo Cristo.
Mirá,
Allí están con su avidez de Avernos.
A la hora del Averno.
Ya, es la hora del Averno.
En llamas un cuerpo ardiendo
A la hoguera éste cuerpo está signado
Y los escalones guardan los secretos
Que estaban enterrados en la arena.
En cada temporada de huracanes, la pesadilla reaparece.
Respiro.
Acaricia pensamientos
Atraviesa las ventanas
de Sur a Norte,
Fresca la brisa
Al fin la inmortalidad
rellena pulmones
Ésta sensación es vaga y a la vez permanente
Acaricia rostros en constante oleada
Las canas murmuran, los cabellos danzan
Los poros se abren, extienden sus brazos
Se cierran mis ojos y también mi boca
Me torno permeable...
Se abren mis oídos
De ramas y hojas
Se cuela la música
Una paz inmensa se dice presente
Beber toda el agua para diluir me
Y en mis pensamientos
se instala un nombre.
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10.11.07
Duelen las entrañas
Fede
Fede, te quiero
Fede, te quiero aquí, de éste lado
Fede, del que están las alas...
Fede, no naciste para fríos barrotes...
Naciste para que te amemos
Fede, lo hicimos todo mal
Fede, la culpa es nuestra
No nos perdones nunca
nos lo merecemos
Fede, te extraño
¿estás bien?
(seguro que no)
¿tenés ambre?
¿tenés frío?
Fede, quisiera estar adentro,
en tu corazón
Fede, llueve
llueve mucho
Fede, te amo
Te Amo con Toda mi pobre Alma
quiero estar con vos
del lado en que ahora estás.
Fede, ellos quieren que estés solo
Fede, son malos, crueles
Fede sangre de mi sangre
siempre a tu lado
y tuya.
Fede, mi ángel...
otro ángel te protegerá.
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25.10.07
silencio, silencio, silencio
a la espera, acechando
y en la ante-sala del silencio
siempre hay una emoción
devienes tras lo prolongado
y entonces
El mundo se detiene
(esa noche después de que apagaron las luces
ejecutó su plan)
nada contamina más que la propia soledad,
su relato es más que crudo,
un lugar de desesperación y desesperanza
sin embargo no es la última palabra
ni tampoco el último silencio
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22.10.07
Empatía ll
Amiga, a veces ocurren
éstas cosas
extrañas en mi vida:
el lento brote
y descenso
de dos lágrimas
porque sé que estás felíz
entoces, dos lágrimas de alegría
también van para vos.
Hay mucho sentimiento
y varios años, aquí.
(cosas de la amistad... 12:03)
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16.10.07
7.10.07
Muerte
saborearte, masticarte, tragarte, digerirte
Saberte, muerte
Quiero tenerte en mis labios
rozarte, susurrarte, hablarte, gritarte
Quiero tenerte en mi cuerpo
y que tus secos sonidos
Quiero cerrar los ojos
y entregarme
como nunca pude hacerlo
Y derramar el dolor sobre tu piel
para que sientas lo que siento
Como el mejor de los antídotos
como la última opción
Quiero saberte, muerte
dentro, en mis entrañas.
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2.10.07
Lejos de Casa.
No me busquen
estoy lejos de casa,
no despierten sus voces que amenazan.
Allá dejamos los vidrios parpadeando
y al niño, anciano.
No susurren
estoy lejos de casa
ya detuve
las tardes que se hamacan.
Allá dejamos
el huracán callando
el muro y el disparo.
No me voy a llevar
el amargo amor
ni los pasos del que muerto está.
Sólo voy a guardar
unas cuerdas viejas
para música nueva.
No me busquen
estoy lejos de casa,
puentes crujen
hundidos en el agua.
Allá dejamos
los libros naufragando
los panes del amparo.
No me voy a llevar
el amargo amor
Ni los pasos del que muerto está.
Sólo voy a guardar
unas cuerdas viejas
para música nueva.
Roxana Amed.
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